Carlos Patiño Millán



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Bio/biblio

CARLOS PATIÑO MILLÁN
Profesor asociado de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad del Valle con la siguiente formación académica: Comunicación Social- Periodismo en la Universidad de Antioquia; Especialización en Prácticas Audiovisuales con Énfasis en Documental en la Universidad del Valle; Magíster en Literaturas Colombiana y Latinoamericana en la Universidad del Valle.

Libros publicados: Canciones de los días líquidos (Poesía, 1992); Tocando las puertas del cielo (Cuentos, 1996); El jardín de los niños muertos (Poesía, 1998); La tierra vista desde la luna (Poesía, 1999); Más canciones sobre amor, odio y perros (Poesía, 2000); El día en que le volé un dedo a David Gilmour (Prosas, 2001); Estaba en llamas cuando me acosté (Poesía, 2002); Inclínate ante la madera y la piedra (Cuentos, 2006); Hotel Amén (Poesía, 2008).

Blog del autor: http://revolvercali.blogspot.com/


Poética

Soy poeta colombiano, seguí siéndolo después de cumplir veinticinco años. He escrito y publicado tres libros de poesía (“Canciones de los días líquidos”; “El jardín de los niños muertos” y “La tierra vista desde la luna”), una plaquette (“Más canciones sobre amor, odio y perros”), una antología poética personal (“Estaba en llamas cuando me acosté”), dos libros de cuentos (“Tocando las puertas del cielo” e “Inclínate ante la madera y la piedra”) y uno de prosas esperpénticas (“El día en que le volé el dedo a David Gilmour”). “Hotel Amén” es mi cuarto libro de poemas. La cifra resulta escandalosa si se tiene en cuenta que el único libro que Arthur Rimbaud publicó durante su vida fue "Una temporada en el infierno", editado a expensas del propio poeta. Cuatro libros, más de un centenar de poemas: no recuerdo haber escrito tantos libros y poemas, ni siquiera parcialmente. Lo digo en serio y en silencio; me encantaría recordarlo. Distante de los poetas y de la poesía de rima y versos libres, lejos de los ejercicios de la mnemotecnia, este poeta que ahora comete prosas poéticas recuerda títulos, algunos versos, palabras sueltas, dónde dejó la llave de sus predecibles juegos lingüísticos, el eco que se forma cuando uno pronuncia la palabra agua, pero prácticamente ningún poema entero.

¿De qué hablan mis prosas poéticas? De lo que habla la poesía hoy en día: de la poesía misma como Absoluto y como Nada, de la herida profunda, del paso del tiempo, de la pérdida de todo referente y soporte, del momento en que la nodriza Euriclea reconoce a Ulises por la cicatriz del muslo (que es la de todos), de la furia y el ostracismo, de un mundo en disolución, de la primacía fugaz del fragmento, de la lámpara de William Butler Yeats, del paisaje familiar que vive de asesinar a su poeta (a su yo lírico) y del poeta que pasta sobre la ruina de sus antepasados, del salón de espejos sin espejos, de la muerte de las ideas y de la cosa misma, de los objetos (aunque sea extremadamente difícil decidirse por uno de ellos), del yacente cuerpo sagrado, del detrito extraído de los mensajes mediáticos, del silencio que se instala entre dos seres que se amaron, de las conversaciones escuchadas por azar, los invisibles rituales domésticos, las sombras que cruzan un libro de fotografías abierto al azar, un menú de restaurante que abre una pareja que asiste al enfriamiento de su relación y que cubre, por un momento, frente a los demás comensales, su desdicha. Sabrá el imaginativo y atento lector añadir unos cuantos temas más.


Poemas

Autorretrato a los 40 años

Es un veneno el que me proporciona la visión: bella es la vida. Odio a primera vista con perros rabiosos que se quedan con pedazos de mis manos en sus manos. Domingos y hombres de prisa, con corbata, me fuerzan a cambiar de acera.
De regreso a casa, la puerta queda en otra parte. Soy, cada vez más, el padre y la madre de mi padre y mi madre. Ruinas del pasado, canciones regresan a ladrar de día. Tengo una coartada para cada sospecha y dulces palabras para cada amor muerto.
En la noche mía, temprano, late la luna.

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Un muerto, río Magdalena

Muerto. Aún respiro. Me abrazo a mí mismo pues soy lo único que me queda. Un río sí, pero las incesantes olas del mar golpean mi mano izquierda que flota y se entierra y flota.

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Agregar simplemente agua hirviendo (una fotografía de Weegee, hacia 1950)

Los que fuimos animal único, somos dos que hablamos en silencio. Allí donde solíamos amarnos, la despedida. Llegas tarde. Mis reclamos acumulan polvo. Nos hemos cansado, necesito saber, a ti te gustaría, grito en alza, otro grito, mayor aun. Tuya la pareja de cisnes, la mesa de noche sí es mía. En estas circunstancias, ni el observador más distanciado conservaría el sentido de la composición. Mis ojos cerrados. Tu boca, sin pintar. Cada palabra pronunciada o callada nos enfría todavía más.

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La doncella del Señor

Eva: pocas palabras le dedica el Génesis. Adán fue más expresivo: la llamó “huesos de mis huesos y carne de mi carne”. Tras Eva, tentación y pecado. Tras el pecado, castigo. Tras el castigo, el primer hijo. Grita la mujer: “¡He recibido, por medio de Dios, a un hombre!”.
Eva: pocas palabras le concede el Señor a la Mujer que lo inicia todo.

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Esto quizás no parezca tan exacto

Aunque sé que nadie me aguarda, apuro el paso para llegar a casa. Volver a la calle, ir al encuentro de nadie. ¡Buenos días!; ni Juan ni José. El agua se derrama a mediodía. Un hombre, a mi lado, retiene a una mujer con zalamerías; basta la lluvia.
¡El trabajo debe estar listo mañana! ¡Luz roja, detén el paso! ¡Suena, de nuevo, el teléfono!
La vida que presencio, la tarde que bosteza en cualquier parque. Dios elige bien a sus hijos: un hombre, robado cuando niño, lee el periódico del día mientras yo fumo un cigarrillo. La inmensa historia personal y el reloj de la plaza que dice que es hora de ir a casa.

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El hombre que abrazaba su sombra

Ya que puedo gritar, lo haré. Y lo hizo en plena calle, tarde de julio, flores sobre su diminuta testa. Repetía nombres de familiares muertos, la suerte de aquella vecina que no había regresado a casa, las especies de los árboles dispersos en medio del verde. El hombre amaba su sombra y ésta parecía responderle; él sobre ella, amantes públicos.
Esa enfermedad, una nueva. Necesidad de gritar, a todo pulmón, títulos de canciones, números de lotería, rabias, noticias, quejas; gratuita diversión para la gente de a pie.
No volví a ver a ese hombre. Esa tarde ya no existe. Las sombras y los caminantes van cada uno por su lado.

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6.1, escala de Richter

Todavía no soy eso pero por aquí y por allá y por aquí y por allá...
Hija de mi madre le pregunta qué hace ella a todas horas con su padre.

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Una reconstrucción de los hechos

Adentro de ella, nada vi en el comienzo, tan profunda la oscuridad. A pesar de mí, no parecía inquieta en modo alguno.
Los gritos de dolor del animal, los pecados cometidos; estoy vivo. La sangre, voluntad creadora; si pudiera verte otra vez...
Pague la hora completa, dijo la muchacha.

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Felices juntos

Matorral, no hay. Cortas y arrojas tus vellos a la ancha corriente del río. Pocos muebles en nuestro pequeño apartamento. Nada llama la atención del sol visitante. A veces el genio se oscurece e inventamos lo inventado: allá tus libros y discos; improvisado estante.
Día de limpieza, no pises el suelo; sírvete todo, aquí no hay perro.

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Mi dulce abuela llora por todos

Ha llegado el invierno. Los mustios huesos de Clemencia no parecen demasiado entusiasmados con la noticia: bajo el sol del verano, un pájaro viene a picotearla y a ella eso le gusta.

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Sabanas de Córdoba

Ocultar el sexo de la mujer; ocultar el pene, flácido en éste, allá erecto. Cubrir senos; la tierra encima, vestido permanente. No son cuerpos, cosas, nada.
Enterrados, los muertos vivos estremecen la sabana aun horas después de la desbandada de los asesinos.

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Queda resuelto el trámite del saludo

Fueron diecisiete segundos de agonía: sorprendiste a la muerte con tu inverosímil serenidad. Días después de lo sucedido casi no queda recuerdo; aun así, beso tu fotografía y lloro.
¿Qué decir de mi vida sin ti? Todo y nada. Moscas bailan sobre tarros de basura, el sol se resiste a crecer, relámpagos asustan a los últimos habitantes de la ciudad, campanas mudas, puntas de obsidiana, frases rotas. La grieta en el patio de la casa es cada vez más profunda.
Cuando grito tu nombre, perros responden de casas vecinas.

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Autorretrato a los 18 años

Sobre vacíos edifico el orden de mi canto. En la calle, el aire está quieto, muy quieto. Mi casa está a oscuras, todos salieron y hay rumores de que no regresarán. Mi corazón es un nido de previsible tristeza. El arte de nombrar y ser nombrado se desgasta enumerando lo concerniente a sonidos elementales; acentos y reglas para distinguir las combinaciones de vocales que forman olas, montañas, abismos insondables. Leo las líneas de mis manos pero no hay mucho qué esperar de este muchacho. Sin embargo, nada dejo al azar, todo lo dibujo sobre virgen lienzo: una hora o dos para imaginar cada rostro familiar, una noche entera para añorar sus almas.
Como no veo a nadie, como nadie se acerca a la puerta, como no suenan pianos ni voces ni pájaros ni motores, pronto son más los días, más las noches que empleo recordando cómo eran los seres que dormían en estos cuartos.

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3 Comentarios:

Cíclopa comentó sobre esta entrada, así...

Un placer leerlo,


mi poesía,


desde Buenos Aires

ana maría - penélope comentó sobre esta entrada, así...

Carlos Patiño
Uno de nuestros ídolos, como es profesor universitario tiene mucho "arrastre", coordinó dos conversatorios y fueron muchos de sus alumnos y ex-alumnos.
Bien hecho, al menos alguien alternativo a la gente de siempre en Cali.

Anónimo comentó sobre esta entrada, así...

y mientras tanto yo lo colecciono en mi memoria.. me encanta como escribe este poeta.