Adrián Pino Varón



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Bio/biblio

ADRIÁN PINO VARÓN, Nacido en Chinchiná, Caldas, Colombia, 1972. Diplomado en Gestión Ambiental y Legislación Indígena.
Su trabajo literario, además de ser publicado en revistas y antologías del país, se recopila en los libros de poesía Páginas habitadas (Fondo Editorial de Risaralda, 2.000) y Palabras innecesarias (Fondo Editorial de Caldas, 2.002).
En 1.998, obtuvo el Primer Premio de Poesía convocado por el Fondo Mixto de Caldas y el Ministerio de Cultura, y en el 2.002 fue galardonado nuevamente con el primer premio de poesía convocado por la Gobernación de Caldas. También ha sido finalista en otros concursos literarios del país.
Ha sido invitado a varios Encuentros de Escritores dentro y fuera del país.
Colaborador de la Revista Literaria Mesosaurus, con sede en Santa Marta, Colombia.

Blogs del autor
www.adrianpinovaron.blogspot.com
www.palabrasinnecesarias.blogspot.com

Blogs recomendados
www.escritorescaldenses.blogspot.com
www.revistaliterariamesosaurus.blogspot.com
www.lyricaspecies.com


Poética

Qué decir de la poesía cuando los seres humanos hablan de ella como si fuera una exquisita amante. Si salva o condena, depende de cómo se asuma, del propósito inicial. Sé de hombres que han sucumbido ante ella, impotentes y derrotados, y sé de otros que la llevan de la mano, tan fastuosos y magnánimos, que parecen provenir del centro del bosque o del fondo del mar, donde habitan seres fantásticos. Pero también hay aquellos que, sin ser lo uno ni lo otro, van con un verso instalando el caos a su paso, creando animosidades por su pobreza mental.

Puedo decir, para no ir más lejos, que la poesía está en lo inmediato, en la transparencia, en el gesto, en el paisaje, en el ojo, en la sensibilidad de nuestros sentidos. Puedo decir que la poesía es lo que me mueve a ser menos perverso.


Poemas

Crónica del retorno

Tuvimos suerte, sí, de no morirnos todos en la manigua, de no extraviarnos para siempre en sus dominios, de no quedar petrificados en sus pantanos invisibles.

Al comienzo creímos que todo era parte de la aventura: los reptiles venenosos colgados de los árboles como frutos gigantes, las tormentas con su furia inagotable reclinando las cumbres, la ausencia del fuego que sirviera de incienso o de verano, el aullido de animales salvajes rasgándonos la espalda, las raíces que consumíamos contra todos los escrúpulos pretendiendo alimentarnos.

Pero de pronto todo cambió como sucede en mi país hace más de cincuenta años: ya no nos producía asombro aquella tierra que cada vez parecía internarnos más en sus tinieblas, pues sólo sabíamos que era de día por uno que otro rayo de sol que lograba transgredir los ramajes; el hambre comenzó a hacer estragos en nuestros cuerpos hasta dejarnos débiles y torpes de espíritu, y el recuerdo de las familias se hizo más latente en cada desvarío.

Tuvimos suerte, sí, de que esos expedicionarios nos encontraran cuando el abismo nos ofrecía ya sus fauces, de estar ahora contando estas cosas cuando en las casas nos habían levantado una sepultura a punta de lágrimas.

Sin embargo, es doloroso que sólo regresemos dos después de que éramos cinco, que se los haya tragado esa vastedad entre sus altas fiebres tropicales, entre el terror de su espesura que de noche congrega todos los misterios, entre el dolor de unas heridas que no dieron un minuto de sosiego.

Regresar vivo de la manigua, como usted dice, es un milagro. Pero insisto en que quedan los muertos nuestros y a ellos de nada les sirve que nosotros creamos en milagros, que no podamos traerlos de vuelta para regar sus cenizas sobre el asfalto.

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Judas habla

Ella viene de Magdala.

Sé que es descendiente de la Casa de Benjamín, sé que tiene el aroma de todas las flores silvestres metidas en su cuerpo, sé que mis ojos y mi corazón la contemplan en el absoluto silencio...

Ella se sienta con Él a su derecha, toma de la misma copa el vino de la vid que une. Pedro parece odiarla porque no pierde oportunidad para reclamar; siente que Él la ama más que a nosotros, que le transfiere el poder de la palabra, pero ella es digna de ese amor y de esa palabra aunque a mí se me desprenda el alma; ella es digna porque es buena con todos, porque es la primera en sufrir, en sentir los golpes de los enemigos cuando atacan la verdad.

Vienes de Magdala y vas hacia el Reino. Yo no voy a ninguna parte, acaso donde tú vas, como una sombra errabunda. Mi amor es ya una cruz antes del paraíso, mi amor que sobrevive a las tormentas del desierto. Pero esa cruz pesa demasiado para mi débil cuerpo. No soporto cuando Él te besa y te llama compañera, cuando quedas sola en su aposento y tu aliento apaga la lumbre.

No se diga entonces que mi entrega del hijo del hombre es por unas monedas. Es el amor el que me motiva, es ella, María, María de Magdala, toda ella con su imperecedera luz que remueve piedras.

Es esta tarde entonces, en los campos de Getsemaní, que le daré a Él mi último beso, y mi cuerpo se inclinará bajo las ramas del árbol a las afueras del paraíso.

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Diálogo después de la batalla

Regreso después de batallar en los campos con aquellos hombres que sólo conocí por el santo y seña, por sus rostros polvorientos tras cada jornada que se abreviaban cuidándose la espalda para evitar ser blanco de los fragores diarios.

Cada hombre compartía su propio ángel de la guarda, porque no era fácil cruzar los bosques sin dejar rastro, sin que el aire quedara manchado por nuestros hedores, sin que los ríos presenciaran nuestro ritmo marcial.

No había tiempo de seguir los cocuyos que trazaban bajo los cielos nocturnos figuras de infancia, porque el tic tac de la luna nos anunciaba constantemente la vigilia, y nadie era dueño de su palabra o de sus actos, si acaso de atisbos de sonrisas como piedras desmoronadas.

Regreso sin sentirme victorioso o derrotado, sin saber si en verdad alguien tenía la razón, y si mi contienda fue por esta tierra o del lado del enemigo que ahora enseña como yo las heridas en su cuerpo.

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