Ramón Cote Baraibar



Mencionado por:

Antonio María Flórez (En Las Afinidades Electivas - España)
Felipe Martínez Pinzón

Menciona a:

Jorge Cadavid
Fernando Herrera
William Ospina
Robinson Quintero
Felipe García Quintero
Juan Cameron (En Las Elecciones Afectivas - Chile)
Álvaro Salvador
Eduardo Chirinos (En Las Elecciones Afectivas - Perú)
María Baranda
Eduardo Hurtado
Eduardo Langagne
Álvaro Solís
Ernesto Román Orozco
Waldo Leyva


Bio/biblio

Ramón Cote Baraibar (Cúcuta,1963) es graduado en Historia del Arte por la Universidad Complutense de Madrid.

Ha publicado los libros de poesía Poemas para una fosa común (Madrid, 1984, Bogotá, 1985, Bogotá, 2005), Informe sobre el estado de los trenes en la antigua estación de delicias (Caracas, 1991), El confuso trazado de las fundaciones (Bogotá, 1992), Botella papel (Bogotá, 1999, 2006), Colección privada (Madrid, 2003), premio de poesía de la Casa de América de Madrid, y No todo es tuyo, Olvido, antología (Bogotá, 2007). En julio de 2008 se le ha concedido el XXIII Premio Unicaja de poesía por su libro Los fuegos obligados.

Además, es autor de Diez de ultramar (Madrid, 1992, 2007), antología de la joven poesía latinoamericana, del libro de cuentos Páginas de enmedio (Bogotá, 2002) y de la biografía Goya. El pincel de la sombra. (Bogotá, 2005). En mayo de 2006 se publicó su Antología esencial de la poesía colombiana del siglo XX en la editorial Visor de Poesía, en España. Recientemente ha aparecido su segundo libro de cuentos, Tres pisos más arriba (Bogotá, 2008)

Sus cuentos y poemas, así como sus artículos sobre arte y literatura han aparecido en diversas revistas nacionales e internacionales.


Es un decir (Poética)

De qué se trata entonces esto si no es para decir lo que la lengua no pudo, en blanco sobre letras negras, para escribir porque sí HOTEL MEDIODIA o URTICARIA y salvar la noche de su pérdida y permanecer vigilante.

De qué se trata entonces esto que me ocupa desde hace años si no es para defender como un pulpo expulsando tinta una posesión difusa, para construir con baldosas de color terracota un solar diminuto y seguir con la punta de los dedos las grietas que en los muros se bifurcan como rayos, como raíces; para trazar un círculo en la arena y comprobar al día siguiente su permanencia o su desaparición; para tenderle una trampa al tiempo y creer encarnar en la momentánea resurrección de estas palabras; para levantar altos acueductos por donde pase pura el agua de la memoria; para calcar a contraluz las batallas del sol; para dar la bienvenida a lo que no vuelve y despedir lo que llega; para ahuecar las manos y contener lo que los días dispersan, ordenar lo que sucede y se devora y nos distancia.

De qué se trata entonces esto de escarbar como un comején, ciegamente, verticalmente, esta inocencia de delegar a la alianza de unas sílabas la facultad de atrapar el fulgor del colibrí, de perseguir la entonación para un encantamiento, de convertir cada página en un palomar, de quitar el vaho a un espejo que quizás nos contemple, de peregrinar en busca de una temperatura.

De qué se trata entonces este montón de palabras que inician cada noche su travesía, esta linterna que ilumina qué, que defiende qué, que ordena qué, que arde en medio de qué, que recupera qué, que encuentra qué.

Dulce tiranía que da alas, tumba que a diario cavo más hondo, soledad que me protege, sublevación del trébol en busca de su cuarta hoja, ventana que mira, cepo que dejo oculto en el bosque. O también, no lo sé, promontorio cubierto de letras a la espera del viento y de la llama.


Poemas


NIDO DE LAS ÁGUILAS

Ya eras misteriosa desde entonces
y en los mapas antiguos te llamaban Lisabona.
En la distancia contaba tus siete colinas
como la Roma de los Césares, y me repetía
las historias de navegantes y tus leyendas de conquista.
A pesar de que nos separaba la inmensidad
del mar Atlántico, desde mi pupitre de colegio
acariciaba la curvatura del globo terráqueo,
jurando que algún día llegaría a tus orillas.

Tantas veces cortejada y celeste
apareciste ante mis ojos un día de verano
de 1984, cuando te vi desde el cuarto
del Nido de las Águilas,
un hotel angosto y suicida
que se santigua en el cerro de San Jorge
cada vez que amanece Lisboa.

Un mapa por años doblado y desdoblado
ardió de víspera y de espera
sobre miles de peldaños, ardió sobre las plazas,
sobre la constante pendiente
de sus calles, sobre su zozobra marina,
y lo arrojamos desde un puente
para que fuera el azar la única brújula que nos orientara.

Intento mirar los días desde entonces
como si estuviera desde una ventana del cuarto
del hotel del Nido de las Águilas,
viendo por primera vez cómo amanece
la fragante, la profunda, la ondulada
ciudad de Lisboa.

(DE “LOS FUEGOS OBLIGADOS”)

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LUNA DE SEPTIEMBRE

Ahora que entra septiembre sin hacer ruido,
como si viniera descalzo de madrugada,
y vuelvo a ver su luna naciente alzarse en el cielo
afilada y vigilante, desenvainando sin violencia
tan nítidamente su metal
sobre todas las cosas y regiones de la tierra,
recuerdo mis súplicas desde una terraza
hace ya bastantes años, temeroso y solitario
pero al fin feliz,
rogándole al primer dios que me escuchara
que nunca terminaran sus días,
porque sabía que muy pronto llegaría octubre
con su costumbre de arrasar con todo.

Eran las únicas horas del año en las que la oscuridad
parecía estar de mi lado, y dejaba de llamarme huésped
para decirme habitante. Durante ese mes tenía en la terraza
un telescopio, montones de cervezas y sonaba como nunca
la voz de Billie Holliday,
hasta que reconocía en la garganta la llegada del amanecer
por su ardiente exhalación de magnolias,
y veía entre lágrimas las bandadas de golondrinas
fugarse de los aleros para estremecer a ráfagas
el aire frío de la mañana.


Por ausente que esté, por distante que permanezca,
cada año que pasa asisto puntual a la cita
con la más hermosa de las lunas, la luna de septiembre,
porque al mirarla nuevamente en la noche
su acero se vuelve a derretir con dulzura
dentro de mi boca, debajo de mi lengua,
y otra vez me invade ese extraño sosiego,
esa confianza que se convierte en fulgor, esa paz
que se hace luz, luz momentánea pero duradera,
como esas lámparas que los propietarios
en los largos meses de las vacaciones
dejan a propósito encendidas
para indicar a los posibles intrusos
que la casa vacía permanece habitada.

(DE “LOS FUEGOS OBLIGADOS)

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CEREZAS & GRANIZO


A María Baranda

Todo sucedió en la primera semana de marzo
cuando por fin cayeron las cerezas.

Y no cayeron por maduras, por redondas, por rotundas,
cayeron por culpa del granizo y su inexplicable cólera.

Después de la tormenta, sobre la compacta blancura del parque,
empezaron a brotar, aquí y allá,

mínimas manchas de color púrpura,
como si fuera el vestido nupcial de una novia apuñalada.

Fue tanta la prohibición de febrero y la excesiva codicia
entre las altas ramas las que provocaron esa avalancha de niños

a quienes no les importó cortarse los labios con esa nieve de vidrio
con tal de poder reventar su piel entre los dientes.

Cuando pasados los años alguien les pregunte
por el definitivo sabor que los devuelve a la infancia,

no dudarán en decir que el sabor de las cerezas,
el sabor a venganza que tenían esas cerezas heladas,

y enseguida añadirán que todo sucedió un lejano marzo,
en su primera semana, después de una tormenta,

cuando el granizo del parque se fue tiñendo de rojo,
como después su vaho, como las puntas de sus dedos,

como también su memoria, desangrándose, ahora al recordarlo.

(DE “LOS FUEGOS OBLIGADOS”)

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