Tatiana Mejía



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Jacko

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Marleny Mejía Jaramillo
Lucía Estrada
Pedro Estrada
Darío Carballo
Javier Naranjo
Angye Gaona
Eliana Maldonado
Viviana Restrepo
Carlos Enrique Sierra
Fernando Hoyos


Bio/Biblio

TATIANA MEJÍA ESCALANTE. Medellín. Colombia. 1978.

Primer puesto Concurso Metropolitano de Poesía Joven de Medellín La Ciudad Vivída. 1997.
Invitada XIV Festival Internacional de Poesía de Medellín. 2004.
Docente de niños y jóvenes en el área de creación literaria.
Activista en Derechos Humanos.
Libros inéditos: Catarsis o las tres patas del círculo, Hambruna, y Las otras que habitan en mí


Poemas


Vientos

Me esclaviza
Este olor a nostalgia traído por el viento.

Mi cuerpo
Da vueltas sobre el agua espesa
Que huele a sangre sucia
Regada por él mi preso sin ojos.

Esa droga era yo
Al atardecer de un sábado.

Interrupción nocturna
Vendrán por nosotros al paraíso perdido.
Duele no existir
Salpicarse de semen sin amor.

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Sherezada

Cuando del polvo se levantaron los dioses
Sherezada agachó la cabeza
Escondió las manos entre las sombras
Y murmuró un nuevo cuento empañado por el miedo.

La burbuja del tiempo
Se alimentó entonces de su esclavitud liberada con palabras.

Sherezada duerme ahora
En el tercer ojo silente que vigila al mundo.

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Vientre

Me deslizo
preguntándome por las otras que habitan en mí
inmersas en la hambruna que nace bajo los talones
de esta mujer gitana que se agota en la risa
de esta mujer judía que se advierte desnuda
con dientes de oro machacado, curtidos
sobre el vientre abultado a la hora cero que explota
mientras la niña nace víveme muerte en tus brazos
Átame un dedo a la frente y bésame
Antes de que me escurra por completo, vaporosa
Hacía la carcajada incestuosa dibujada en la espalda
Allí donde termina algún sueño al caer la noche
A los pies del tren que vigila el paso del tiempo
Evidente ya en mis arrugados ojos.

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Carlos Patiño Millán



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Jacko
Ana Sofía Franco


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Piedad Bonnet
José Manuel Arango (†)
Horacio Benavides
Víctor Gaviria
William Ospina


Bio/biblio

CARLOS PATIÑO MILLÁN
Profesor asociado de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad del Valle con la siguiente formación académica: Comunicación Social- Periodismo en la Universidad de Antioquia; Especialización en Prácticas Audiovisuales con Énfasis en Documental en la Universidad del Valle; Magíster en Literaturas Colombiana y Latinoamericana en la Universidad del Valle.

Libros publicados: Canciones de los días líquidos (Poesía, 1992); Tocando las puertas del cielo (Cuentos, 1996); El jardín de los niños muertos (Poesía, 1998); La tierra vista desde la luna (Poesía, 1999); Más canciones sobre amor, odio y perros (Poesía, 2000); El día en que le volé un dedo a David Gilmour (Prosas, 2001); Estaba en llamas cuando me acosté (Poesía, 2002); Inclínate ante la madera y la piedra (Cuentos, 2006); Hotel Amén (Poesía, 2008).

Blog del autor: http://revolvercali.blogspot.com/


Poética

Soy poeta colombiano, seguí siéndolo después de cumplir veinticinco años. He escrito y publicado tres libros de poesía (“Canciones de los días líquidos”; “El jardín de los niños muertos” y “La tierra vista desde la luna”), una plaquette (“Más canciones sobre amor, odio y perros”), una antología poética personal (“Estaba en llamas cuando me acosté”), dos libros de cuentos (“Tocando las puertas del cielo” e “Inclínate ante la madera y la piedra”) y uno de prosas esperpénticas (“El día en que le volé el dedo a David Gilmour”). “Hotel Amén” es mi cuarto libro de poemas. La cifra resulta escandalosa si se tiene en cuenta que el único libro que Arthur Rimbaud publicó durante su vida fue "Una temporada en el infierno", editado a expensas del propio poeta. Cuatro libros, más de un centenar de poemas: no recuerdo haber escrito tantos libros y poemas, ni siquiera parcialmente. Lo digo en serio y en silencio; me encantaría recordarlo. Distante de los poetas y de la poesía de rima y versos libres, lejos de los ejercicios de la mnemotecnia, este poeta que ahora comete prosas poéticas recuerda títulos, algunos versos, palabras sueltas, dónde dejó la llave de sus predecibles juegos lingüísticos, el eco que se forma cuando uno pronuncia la palabra agua, pero prácticamente ningún poema entero.

¿De qué hablan mis prosas poéticas? De lo que habla la poesía hoy en día: de la poesía misma como Absoluto y como Nada, de la herida profunda, del paso del tiempo, de la pérdida de todo referente y soporte, del momento en que la nodriza Euriclea reconoce a Ulises por la cicatriz del muslo (que es la de todos), de la furia y el ostracismo, de un mundo en disolución, de la primacía fugaz del fragmento, de la lámpara de William Butler Yeats, del paisaje familiar que vive de asesinar a su poeta (a su yo lírico) y del poeta que pasta sobre la ruina de sus antepasados, del salón de espejos sin espejos, de la muerte de las ideas y de la cosa misma, de los objetos (aunque sea extremadamente difícil decidirse por uno de ellos), del yacente cuerpo sagrado, del detrito extraído de los mensajes mediáticos, del silencio que se instala entre dos seres que se amaron, de las conversaciones escuchadas por azar, los invisibles rituales domésticos, las sombras que cruzan un libro de fotografías abierto al azar, un menú de restaurante que abre una pareja que asiste al enfriamiento de su relación y que cubre, por un momento, frente a los demás comensales, su desdicha. Sabrá el imaginativo y atento lector añadir unos cuantos temas más.


Poemas

Autorretrato a los 40 años

Es un veneno el que me proporciona la visión: bella es la vida. Odio a primera vista con perros rabiosos que se quedan con pedazos de mis manos en sus manos. Domingos y hombres de prisa, con corbata, me fuerzan a cambiar de acera.
De regreso a casa, la puerta queda en otra parte. Soy, cada vez más, el padre y la madre de mi padre y mi madre. Ruinas del pasado, canciones regresan a ladrar de día. Tengo una coartada para cada sospecha y dulces palabras para cada amor muerto.
En la noche mía, temprano, late la luna.

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Un muerto, río Magdalena

Muerto. Aún respiro. Me abrazo a mí mismo pues soy lo único que me queda. Un río sí, pero las incesantes olas del mar golpean mi mano izquierda que flota y se entierra y flota.

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Agregar simplemente agua hirviendo (una fotografía de Weegee, hacia 1950)

Los que fuimos animal único, somos dos que hablamos en silencio. Allí donde solíamos amarnos, la despedida. Llegas tarde. Mis reclamos acumulan polvo. Nos hemos cansado, necesito saber, a ti te gustaría, grito en alza, otro grito, mayor aun. Tuya la pareja de cisnes, la mesa de noche sí es mía. En estas circunstancias, ni el observador más distanciado conservaría el sentido de la composición. Mis ojos cerrados. Tu boca, sin pintar. Cada palabra pronunciada o callada nos enfría todavía más.

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La doncella del Señor

Eva: pocas palabras le dedica el Génesis. Adán fue más expresivo: la llamó “huesos de mis huesos y carne de mi carne”. Tras Eva, tentación y pecado. Tras el pecado, castigo. Tras el castigo, el primer hijo. Grita la mujer: “¡He recibido, por medio de Dios, a un hombre!”.
Eva: pocas palabras le concede el Señor a la Mujer que lo inicia todo.

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Esto quizás no parezca tan exacto

Aunque sé que nadie me aguarda, apuro el paso para llegar a casa. Volver a la calle, ir al encuentro de nadie. ¡Buenos días!; ni Juan ni José. El agua se derrama a mediodía. Un hombre, a mi lado, retiene a una mujer con zalamerías; basta la lluvia.
¡El trabajo debe estar listo mañana! ¡Luz roja, detén el paso! ¡Suena, de nuevo, el teléfono!
La vida que presencio, la tarde que bosteza en cualquier parque. Dios elige bien a sus hijos: un hombre, robado cuando niño, lee el periódico del día mientras yo fumo un cigarrillo. La inmensa historia personal y el reloj de la plaza que dice que es hora de ir a casa.

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El hombre que abrazaba su sombra

Ya que puedo gritar, lo haré. Y lo hizo en plena calle, tarde de julio, flores sobre su diminuta testa. Repetía nombres de familiares muertos, la suerte de aquella vecina que no había regresado a casa, las especies de los árboles dispersos en medio del verde. El hombre amaba su sombra y ésta parecía responderle; él sobre ella, amantes públicos.
Esa enfermedad, una nueva. Necesidad de gritar, a todo pulmón, títulos de canciones, números de lotería, rabias, noticias, quejas; gratuita diversión para la gente de a pie.
No volví a ver a ese hombre. Esa tarde ya no existe. Las sombras y los caminantes van cada uno por su lado.

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6.1, escala de Richter

Todavía no soy eso pero por aquí y por allá y por aquí y por allá...
Hija de mi madre le pregunta qué hace ella a todas horas con su padre.

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Una reconstrucción de los hechos

Adentro de ella, nada vi en el comienzo, tan profunda la oscuridad. A pesar de mí, no parecía inquieta en modo alguno.
Los gritos de dolor del animal, los pecados cometidos; estoy vivo. La sangre, voluntad creadora; si pudiera verte otra vez...
Pague la hora completa, dijo la muchacha.

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Felices juntos

Matorral, no hay. Cortas y arrojas tus vellos a la ancha corriente del río. Pocos muebles en nuestro pequeño apartamento. Nada llama la atención del sol visitante. A veces el genio se oscurece e inventamos lo inventado: allá tus libros y discos; improvisado estante.
Día de limpieza, no pises el suelo; sírvete todo, aquí no hay perro.

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Mi dulce abuela llora por todos

Ha llegado el invierno. Los mustios huesos de Clemencia no parecen demasiado entusiasmados con la noticia: bajo el sol del verano, un pájaro viene a picotearla y a ella eso le gusta.

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Sabanas de Córdoba

Ocultar el sexo de la mujer; ocultar el pene, flácido en éste, allá erecto. Cubrir senos; la tierra encima, vestido permanente. No son cuerpos, cosas, nada.
Enterrados, los muertos vivos estremecen la sabana aun horas después de la desbandada de los asesinos.

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Queda resuelto el trámite del saludo

Fueron diecisiete segundos de agonía: sorprendiste a la muerte con tu inverosímil serenidad. Días después de lo sucedido casi no queda recuerdo; aun así, beso tu fotografía y lloro.
¿Qué decir de mi vida sin ti? Todo y nada. Moscas bailan sobre tarros de basura, el sol se resiste a crecer, relámpagos asustan a los últimos habitantes de la ciudad, campanas mudas, puntas de obsidiana, frases rotas. La grieta en el patio de la casa es cada vez más profunda.
Cuando grito tu nombre, perros responden de casas vecinas.

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Autorretrato a los 18 años

Sobre vacíos edifico el orden de mi canto. En la calle, el aire está quieto, muy quieto. Mi casa está a oscuras, todos salieron y hay rumores de que no regresarán. Mi corazón es un nido de previsible tristeza. El arte de nombrar y ser nombrado se desgasta enumerando lo concerniente a sonidos elementales; acentos y reglas para distinguir las combinaciones de vocales que forman olas, montañas, abismos insondables. Leo las líneas de mis manos pero no hay mucho qué esperar de este muchacho. Sin embargo, nada dejo al azar, todo lo dibujo sobre virgen lienzo: una hora o dos para imaginar cada rostro familiar, una noche entera para añorar sus almas.
Como no veo a nadie, como nadie se acerca a la puerta, como no suenan pianos ni voces ni pájaros ni motores, pronto son más los días, más las noches que empleo recordando cómo eran los seres que dormían en estos cuartos.

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Mauricio Cappelli


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Gabriel Ruiz

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Henry Valencia
Elizabeth Vejarano
José Zuleta
Adela Guerrero


Bio/biblio

Mauricio Cappelli Figueroa
(Santiago de Cali, 1976)

Una de las cosas trascendentales que me sucedió en la infancia fue que me leí Frankestein y en la adolescencia que la revista Selecciones me terminó de criar. Soy Ingeniero industrial de la Universidad del Valle y Especialista en Gestión de Talento Humano de la Universidad Libre. Sin embargo, comencé a creer en la literatura como en una religión y se me fue la mano.

Soy autor de los poemarios Que el viento no se lleve mi sombrero y Todo el amor para la Luna de Perkins, este último editado en la colección de poesía Escala de Jacob de la Universidad del Valle; y los libros de historia Corazones de Fuego y Marea de Fuego.

He sido premiado en los concursos de crónicas convocados por la Cámara de Comercio de Palmira; en 2005 fui finalista en el IV Premio Internacional Constantí de Relatos, convocado por Silva Editorial, de España; en 2006 obtuve el Primer Premio en el I Certamen Internacional de Poesía, convocado por la revista de literatura Axolotl, de Argentina; y en 2007 obtuve el Premio Departamental de Poesía, convocado por la Fundación de poetas Vallecaucanos.

He participado en eventos importantes como los Festivales Internacionales de Poesía de Cali y las Ferias del Libro del Pacífico, además en varios recitales con grillos en el patio de mi casa y frente a una que otra mujer desnuda.

Escribo según mi principio: “La literatura es esa vida que pasa.”


Poética

Siento que la poesía, más que un género literario, es una actitud ante la vida. Una necesidad de conversar con nuestra memoria, con nuestra ciudad. Con la poesía somos la ciudad, y somos el río que la inunda. Es la mirada del mendigo y lo que intenta decirnos desde el ayer. Es piel, sombra, espejo de nuestros actos; necesidad de celebrar los prodigios del mundo: tocar con los ojos, escuchar con el tacto… Es un acto de fe para alzar el puño y poner la otra mejilla. El rostro del alma de la brevedad de nuestra historia. Es lo que podemos decir por los otros cuando somos los otros. Su silencio. Es una manera de preguntarnos, claro; de ladrar. La poesía es encuentro y un dialogo de soledades. Una necesidad de ser. Una manera de proponer amistad.


Poemas

Los locos


Los locos son los felices presidentes
de las verdes repúblicas de los parques

Los locos madrugan a bañarse con nubes en las fuentes
y a murmurarles nuevos nombres a todo lo que miran

Los locos se embriagan de cielo cuando quieren
y andan por ahí exentos de impuestos
por los universos que habitan

Los locos no tienen complejos, no sufren de celulitis
y siempre están en forma de tanto huir de la miseria

Los locos no contestan el celular porque no tienen
y si les preguntan por sus nombres es inútil
pues los olvidaron a propósito

Los locos son mitad dioses
porque cuando Dios los creo estaba loco

Los locos se enojan y tiran piedras
porque la gente les tira piedras con la mirada
y aunque que insistan
los locos no comprenden la palabra hijueputa

Los locos son como niños de otro tiempo
que saben que los pájaros, los atardeceres y las frutas
son generosos actos de amistad

¡Y claro!, los locos escuchan y escriben poemas

Los locos son poesía.

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En el suburbio de mi alma


La quiero
y la detesto

amo por igual a sus putas
y a sus asesinos

la abandono como a un muerto
y la imagino distinta

soy un niño feliz
que salta en el parque de su cara
y otro que vomita
en su vientre de miseria

dispongo con sadismo de su cuerpo
en estado de coma,
pero es ella quien aprieta mi mano
cuando digo cada noche
mi última palabra

es la ciudad

esta cueva de verdades y miedos
que también soy y no he sido

este tumulto de pesadillas
donde sueño siempre despertar.

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La capital de los hijos grises


Despierto

En la página cristal de la ventana
sube el sol iluminando la capital de los ausentes

Entre sus criaturas, el barrendero y la prostituta
caminan acentuando con huellas de luz
las primeras palabras del día.
Con ellos las sombras salen de sus madrigueras
y suben a los buses recostando sus rostros en las ventanillas
mientras la rutina crece como escarcha en sus miradas

Maternal, florecida de entusiasmo,
la vendedora de tintos bendice a los
transeúntes
y canta un bolero al ritmo de las
cadenas que se arrastran
como serpientes detrás de los pasos

Así la ciudad se hincha y se atraganta de hombres

Sé que ahí, en el cuarto oscuro de la alcantarilla,
un niño de ojos nube sueña su primer juguete
o al menos una caricia que le enseñe que la piel
sirve más que para acumular su propia sombra

Él, como yo, quisiera cambiar todas sus monedas
por alguna respuesta, pero una mano de acero
sabe taparnos la boca al mismo tiempo

Lo que puede decirse sobre la esperanza
es esto que el perrito sarnoso intenta cifrar
lamiéndome la mano,
y conversamos y lo acompaño al parque,
donde la brisa barre las plumas
de quienes alzaron el vuelo con un libro bajo el brazo
en esta repetida tarde rayada de edificios

Comprendo, entonces,
que en cuestión de sueños
nosotros mismos hemos sido una
jaula
de odios e indiferencias.

Por eso enferma, delirante,
la ciudad transpira y transpira hombres y revuelca
sus calles
y aprieta sus puños deseando
que pronto llegue la noche,
para desnudarse ante la luna y preguntarle
por qué es ella un sólo laberinto.

Y grita y aguanta, como si a cada segundo
un muerto le saliera del vientre,
y le sale,
y suelta sus páginas tristes que bailan con el viento
y se entera que en los espejos hay una
angustia que la aguarda
porque somos nosotros, sus bastardos hijos grises,
quienes tenemos los rostros de asfalto y de ceniza.

Por eso escúchate, amigo mío

Esto que nuestro corazón llora
es también lo que la ciudad nos grita.

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